El viaje Stumble nos llevó a descubrir las guías Desing Hotels y su Future Forum sobre diseño, arte y arquitectura en hostelería, que este año va, entre otros temas -como el eterno debate sobre el deber ético del diseño-, sobre el diseño en la comida: comer es un placer estético y una provocación artística.
El diario Clarín ya había descubierto en un especial arquitectura que la comida se está convirtiendo en el niño mimado del diseño. Restaurantes como El Bulli o la nueva “cocina sensorial” se han convertido en las mecas del diseño contemporáneo. La espectacularidad de su menú consigue el cartel de completo nada más abrir la temporada, que es siempre renovada y repleta de nuevas experiencias. Discusiones entre chefs-artistas como la guerra de Santi Santamaria a este tipo de cocina experimental se convierten en debate internacional.
El Bulli va más allá del diseño en la comida y ha desarrollado y puesto a la venta online una línea propia de complementos para la nueva cocina: www.texturaselbulli.com, de Albert y Ferran Adrià. En ella se puede encontrar utensilios para la sferificación, gelificación, emulsificación, espesantes y surprises y demostraciones de cómo utilizar las nuevas texturas en la comida.
El antropólogo de los sentidos David Howes nos explica la base antropológica de tal éxito. Según sus descubrimientos, los humanos tendemos a priorizar uno o más de nuestros sentidos. Los occidentales hemos sobreexplotado nuestra capacidad visual en contra, por ejemplo, de la India, que relaciona sabores con emociones. Comemos con la vista, tan influida por la espectacularidad y la rapidez, la acción trepidante, nuevas y continuas experiencias. Aunque lo ingerido acabe formando parte de nosotros como a todo el mundo, conformando nuestros cuerpos y enfermedades y, como afirma Howes, dándonos un olor particular, que en los occidentales es a mantequilla.
Se ha de comer con placer
A la comida ya se le empezó a dar un nuevo valor con el movimiento Slow Food, una corriente internacional que acabó replanteándose no sólo nuestra forma de comer sino nuestra vida acelerada. Slow Food lucha por extender la importancia para el hombre de vincular el placer a la comida, conocer los sabores del mundo, acoplar nuestra forma de comer y los alimentos al ritmo de las estaciones y recuperar largas tertulias en comidas con amigos. Recomiendo el exquisito artículo sobre este movimiento de flylosophy.com.
El Slow Food trajo consigo las Slow Cities, ciudades en las que disfrutar cada segundo. Slow City es hoy un sello de calidad en turismo para las poblaciones con gastronomía autóctona y ecológica, artesanía y tradición. Las Ciudades Lentas deben desarrollar también una política medioambiental y un desarrollo urbanístico sostenible, utilizar la tecnología para mejorar la vida y, en general, promover la hospitalidad. Como explica plataformaurbana, en estas ciudades están obligados a vivir bien.


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