El viaje y la velocidad están intrínsecamente unidos desde el culto a la máquina de principios del siglo XX. Viajar no es desde entonces descubrir lugares nuevos, salir a la aventura, hacer camino, sino llegar cuanto antes lo más lejos.
La industrialización, la producción en serie, la introducción del diseñador en el proceso de fabricación de un objeto convirtieron en los años veinte el mundo en moderno. La máquina era el nuevo dios, viril, activo. Las casas adoptaban la forma de un avión, un barco o una máquina, nacían los juegos de construcción como el Meccano.

El urbanita, un nuevo hombre sobreestimulado
Las teorías sociales sobre la modernidad de Benjamin, Simmel, en esta primera mitad del siglo XX describen cómo cambia la percepción del ser humano. Georg Simmel, uno de los grandes pensadores urbanos, analiza su experiencia urbana en el Berlín de finales del XIX, en pleno proceso de cambio. La metrópolis y la vida mental muestra que el nuevo ritmo vertiginoso dota al urbanita de una nueva personalidad moderna, capitalista y sobreestimulada por una “intensificación de los estímulos nerviosos”.
La modernidad trajo un ritmo más rápido, caótico, una intensidad de estímulos, el transporte “rápido”, los horarios, las cadenas de montaje… muy alejado del que se había llevado por los tiempos de los tiempos y del que traían los que venían en busca de trabajo desde el campo. La ciudad era movimiento.
Viajar es ser vapuleado, sufrir de vértigo
Los barcos de vapor, los trenes, los coches… hacen ruido, son grandes y ruidosos, peligrosos, provocan sacudidas, vértigo, pavor, te vapulean, te lanzan adelante, hacia los lados, rozando impúdicamente a tu vecino. Rompen los límites de lo permitido, de lo conocido. Los primeros vuelos baratos, en los sesenta, hacen realidad los sueños de la humanidad, como la llegada a la luna: el hombre puede volar, llegar tan lejos como quiera, y es rápido.

La velocidad warp es el próximo sueño. Herakles, el nuevo impulsor de la NASA, podría conseguirlo mediante gas xenón como propulsor de las naves a una velocidad de 320.000 km/h, diez veces más rápido que el transbordador espacial.
Y mientras el hombre se vuelve adicto a la relación entre viaje y velocidad y crea parques de atracciones que acentúan el traqueteo de los cuerpos dentro de una máquina, provocan náuseas y vértigos y le ayudan a domesticar sus miedos ante el avance tecnológico y la celeridad de la vida, como explica tan documentadamente el artículo de fundación telefónica. Las atracciones más vanguardistas, además, le entrenan para futuros viajes lejos de la Tierra, sin gravedad. Como acaba el citado artículo: “La mecanización del movimiento en la modernidad nos ha convertido a todos en astronautas”.

Añadir a Del.Icio.Us




Comentarios de “Viajar a velocidad de vértigo”
Aun no se han realizado comentarios.